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domingo, junio 18, 2006
5:49 p. m.

Festival erótico-festivo: Introducción (1 de 3)

rubricado por Higronauta
"La Corte Suprema afirma que la pornografía es "cualquier cosa sin mérito artístico que provoque pensamientos sexuales"; esa es, básicamente, su definición. Sin mérito artístico, que provoque pensamientos sexuales...Hmmm... Suena como a... anuncios televisivos, ¿no?"
Bill Hicks

Como cualquier elemento de consumo, el estandard pornográfico ha tendido, desde hace demasiados años ya, a convertirse en un elemento conservador donde los halla. Bajo un manto de elemento liberador de los mal llamados bajos instintos, el producto se ha convertido en un eterno fotoclón de sí mismo, reiterando los mismos parámetros hasta la saciedad. Y es que, como buen producto mercantil que se precie, si no está roto, ¿para qué cambiarlo?
Podemos contemplar así cienes y cienes de cintas con títulos a cual más soez y/o carpetovetónico, que, a primera vista, parecen ofrecer, si quiera una mínima novedad ante todo lo visionado anteriormente. Nada más lejos de la realidad. La única diferencia, para quién sepa notarla, es el tamaño del pecho (siliconado) de la actriz o la longitud del miembro del actor. Las situaciones se reiteran hasta la saciedad, las posturas tienden a una variación igual o inferior a cero, y el colofón suele siempre implicar, aún a estas alturas de siglo, la sumisión total de la hembra por parte del macho, con la ya clásica eyaculación facial, (concepto que a un servidor se asemeja, y en qué medida, al orín de los canes marcando territorio).

Estereotipo de pornostar actual

Tras todo esto, un servidor se pregunta cómo los consumidores de pornografía pueden llegar a conseguir unos mínimos de excitación sexual/onanista. Piensen por un momento en una de sus canciones favoritas. Seguro que les evoca mil y una sensaciones personales, y en muchos casos instranferibles. Ahora imaginen que en su vida sólo pueden audicionar ese tema, si bien pueden escoger entre diferentes versiones (aka covers) de grupos dispares. Presupuestamente, acabarían, cuanto menos, odiando el tema de marras. O no.
La opción radica entonces, como en la gran mayoría de casos, en la "exploración de mundos desconocidos, descubrimiento de nuevas vidas y de nuevas civilizaciones; hasta alcanzar lugares donde nadie ha podido llegar." que diría maese Roddenberry. O lo que es lo mismo, dar rienda suelta a la curiosidad y la investigación, buscando elementos que, por poco que sea, nos parezcan, cuanto menos, novedosos y/o originales (en tanto que excitantes). La teoría del tiburón, ya saben...
Ese fue el punto de partida de un servidor. Y como no hay nada mejor que estudiar el orígen de las cosas para obtener un conocimiento básico, decidí dirigirme directamente a las fuentes primeras. Y no hablo ya de aquellas grabaciones pornográficas vintage, en blanco y negro y rodadas en súper 8 (o 16mm), que ahora quedan tan bizarrillas reeditadas bajo títulos como "El sexo de nuestros abuelos" o "Golfos y Picardías", sinó a los orígenes de la industria pornográfica como tal. El impass entre la travesura y la industria. Un momento en que el porno todavía era un reducto social, sin las obvias imposiciones mercantiles, y, en consecuencia, con una libertad de creación y experimentación altísima. Trabajo artesanal y creativo. Como lo oyen.

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4 Réplicas:

  At 19/6/06 02:11 Anonymous sin afirmó:

se nota que llega el Verano. Por cierto, alguien leyó ya el libro de Jordi Costa sobre el Porno que acaba de salir? Es la hostia? o solo muy bueno?

  At 19/6/06 10:29 Blogger Higronauta afirmó:

No le negaré que desconocía la publicación hasta su comentario. Tendré que echarle un vistazo, pero, antes o después, seguro que acaba cayendo. Si lo sabré yo :P
"El sexo de nuestros abuelos"... quizá prefiero no saber...

  At 19/6/06 21:04 Blogger Higronauta afirmó:

Ese es el retorcido título que le han dado a un dvd en el cual, unas mozuelas de los años 20 y 30, mayormente, realizaban actos sexuales con mozos. Una especie de avance previo a lo que vendría años después.