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miércoles, julio 20, 2011
12:53 a. m.

Tumaca no es tomàquet

rubricado por Higronauta
El gañanismo celtibérico me ha superado en mi reciente visita al hipermercado al contemplar, en los estantes, esto:


Producto hilarante y deprimente a partes iguales porque conlleva, una vez más, la victoria de un Mercado que ha sido capaz de envasar la supuesta mitad de un clásico de la comida catalana (la otra mitad es el pan), adaptando su denominación (pasamos de tomàquet a tomaca, aunque la transcripción fonética correcta debiera ser tumacat, apuntillo) y reformulando el concepto para la família-que-no-tiene-tiempo-ni-para-cocinar-porque-es-muy-moderna.

Presunción, por lo visto nada errónea, que el comprador españolito es un lerdo en estado puro. Porque el pan con tomate no tiene más que eso: pan, tomate, aceite y sal. Y parece ser que los expertos en mercadotecnia han optado por utilizar el concepto de "lo foráneo" o "lo intrínsecamente cultural (y por ello no imitable)" para enlatar lo que ya estaba enlatado y ponerle el nombre acatalanado.

Y si el producto se vendiera allende de las fronteras catalanas, todavía podría llegar a resultar mínimamente entendible. Pero que llegue a reivindicarse como alimento consumible en la tierra de Pla, Espriu, Pedrolo y Calders, se torna en blasfemia para el paladar de cualquiera. Cómo poco.

Y ahora llegaba el momento en que un servidor iba a realizarles un curso avanzado de cocina sobre el pan con tomate, pero se ha tornado innecesario al recordar la prosa culinaria de don Vázquez Montalbán sobre el plato en cuestión, recuperada de las páginas de El Premio y que reclama la unión más bella y certera entre gastronomía y sociología.

Don Manuel, son todo suyos.

«Le había traído el camarero el tentempié a Sánchez Bolín y los compañeros de mesa cernieron su atención sobre el ritual de la elaboración del pan con tomate. Partió el escritor las hortalizas por la mitad, frotó cada medio tomate sobre las rebanadas de pan hasta que lo empaparon de pulpa, jugo y pepitas. Obedecía a una técnica especial consistente en romper la pulpa del tomate con los cantos de costra de la rebanada y así era más fácil repartirla sobre la superficie y cuando consiguió uniformar la plataforma de un color rosado la sazonó con sal y añadió un chorro de aceite a lo largo y ancho del territorio propicio, para finalmente oprimir con dos dedos los cantos de la rebanada para que el aceite empapara bien la totalidad.

—¿Y está bueno eso? —preguntó la señora del académico.

—Es curioso, simplemente, Dulcinea. Curioso y patriótico para los catalanes. Pero usted que es mestizo, querido Sánchez Bolín y autor al que las más veces aprecio, ¿cómo es posible que se solace con este emblema de patriotería?

—Mudarra, tiene usted ante sí un prodigio de koyné cultural que materializa el encuentro entre la cultura del trigo europea, la del tomate americana, el aceite de oliva mediterráneo y la sal, esa sal de la tierra que consagró la cultura cristiana. Y resulta que este prodigio alimentario se les ocurrió a los catalanes hace poco más de dos siglos, pero con tanta conciencia de hallazgo que lo han convertido en una seña de identidad equivalente a la lengua o a la leche materna.

—¡Qué banalidad!

—Hasta tal punto asistimos a un prodigio cultural que nosotros los mestizos, los charnegos, los inmigrantes catalanizados, adoptamos el pan con tomate como una ambrosía que nos permite la integración.»

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