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martes, julio 19, 2011
1:40 a. m.

Stat rosa pristina nomine, nomina nuda tenemus

rubricado por Higronauta

Maldigo desde lo más profundo de las entrañas a Umberto Eco, no por haber perdido el norte en su narrativa, entregando al mundo esas monstruosidades literarias como La Misteriosa Llama de la Reina Loana y La Isla del día de Antes (con El Cementerio de Praga ya no he tenido valor, a qué negarlo) si no por haberse genuflexionado ante un público lego al estar preparando una versión 2.0 de El Nombre de la Rosa "más accesible a los nuevos lectores".


De cualquier otro escritor, salvo contadas excepciones, pudiese habérmelo imaginado. Habría, incluso, concedido, el beneplácito de la indiferencia más atroz. Podría, si me apuran, haber celebrado la nueva versión de la novela. Pero de don Umberto, no. Jamás.

De cualquier otro libro, salvo contadas excepciones, pudiese habérmelo imaginado. Habría, incluso, concedido, el beneplácito de la indiferencia más atroz. Podría, si me apuran, haber celebrado la nueva versión de la novela. Pero de El nombre de la Rosa, no. Jamás.

Y a estas alturas, a penas tengo en cuenta el egolatrismo del que ha hecho gala míster Eco durante buena parte de su carrera semiótica, docente y narrativa. Casi olvido que se ha dedicado, a diestro y siniestro a tratar de elevar su pensamiento, a veces de una manera natural, otras no tanto, a una categoría elevada de Cultura, donde se reúnen Historia, Arte, Filosofía y Ficción de una manera que ralla la perfección más absoluta.

No es de extrañar pues, ante la lectura de estos párrafos, que El Nombre de la Rosa sea y halla sido una de mis novelas favoritas, no ya del siglo XX, si no de la literatura universal que ha caido en mis manos. A ella he de agradecer mi pasión por el Medievo, buena parte de mi afición por la arquitectura en tanto que Arte y mi debilidad por la vida monacal.

Obvio resulta entonces que me sienta traicionado. Recortar una obra que se basa en el subterfugio del crimen para retratar fidedignamente una época histórica en todos sus aspectos convirtiéndola en una narración llana para un público ignorante es convertir el oro en mierda. Y perdonen la expresión.

Plantearme si quiera que las diatribas ecuménicas sobre la pobreza de Cristo, la excelsa e incomparable descripción del tímpano de Moissac en boca de Adso de Melk, la recopilación de filosofías y herejías medievales varias o el claro homenaje a Borges, puedan irse por el desagüe del Arte por una mera cuestión de mercadotecnia editorial y/o por una bajada de pantalones por parte del Autor, me producen lágrimas de sangre y estertores de muerte (literaria).

Obviamente hablo desde la presuposición más ignota. Habrá que esperar aún unos meses para la llegada de la nueva versión recortada. No espero errar, por eso. Para un servidor, cualquier coma eliminada supondría una pérdida del alma de una novela redona que cuenta con más de cinco relecturas.

Y no me jodan. Un señor que tuvo los santos testículos de titular su novela partiendo de la premisa de la rosa como figura simbólica, densa y llena de significados, que comportaba una carencia de significado final debida al exceso de éstos, no se puede permitir el lujo de afirmar que odia El Nombre de la Rosa (sic). Si no, que se deje de remilgos y vuelval al título original, La Abadía del Crimen, y se deje de monsergas y de contradicciones con su propia mismidad.

Con todo el cariño que una vez le profesé don Eco: ¡Váyanse a la mierda, usted y su público néofito! Ea.

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