Cuatro horas más tarde llegué a mi destino. Debía encontrarme con mi contacto (un historiador venido a menos en manos de la crítica por parte de un revisionismo acerbante que estaba devorando todo vestigio de objetividad y rigor), el cual debía indicarme los pasos a seguir para allar el manuscrito que me desvelaría el lugar concreto donde encontrar mi ansiado botín.
La conversación fue extensa y poco fluida, puesto que, por reservas personales, no había querido dar a nadie toda la información que poseía. Prefería ser un servidor el que tuviera la visión global del todo, y dar a mis colaboradores pequeños fragmentos de éste, para que nadie puediera adelantárseme, y, en el mejor de los casos, sacar a la luz esa verdad que tanto esfuerzo me había costado atisbar.
Encontrar el manuscrito fue fácil. Descifrarlo, aún más. Al propietario nunca se le dieron bien los criptogramas, a qué negarlo, y las largas horas nocturnas de estudio sobre la materia, no podían si no que ofrecerme buenos resultados: el preciado botín se hallaba situado en la cripta de un monasterio, cuyo nombre, por el momento, no conviene desvelar.
Dos horas de coche más tarde me plantaba a las puertas del recinto que alojaba el objetivo ansiado. Después de una somera charla con el abad (el cual desconocía todo lo relativo al asunto que traía entre manos), y con la excusa de realizar unas indagaciones histórico-artísticas sobre los tesoros de la cripta, conseguí quedarme sólo. La sala era pequeña y estaba plagada de típicas reliquias y ceremoniales exvotos. Rebusqué con la mirada por los espesos muros de piedra buscando una señal que me desvelara el lugar concreto. Recorrí palpando cada uno de sus húmedos ladrillos. Nada. La desesperación empezaba a hacer mella en mi moral. Hasta que, casi por azar, mi mano topó con la reja de la ventana más cercana. Uno de sus barrotes estaba algo suelto. Así que me dispuse a extraerlo, intentando hacer el menor ruido posible para evitar sospechas. Después de vanos intentos, por fin consegui extraerlo, y junto a él, uno de las piedras donde estaba fijado. Y en el espacio que había dejado ésta, por fin encontré lo que tanto tiempo llevaba buscando: un sobre ajado y algo arrugado que iba a convertirse en toda una piedra angular para la historia de nuestro país...
Han pasado meses desde aquello, y por mera reserva no he optado a hacer público el contenido de aquél vetusto sobre. Hasta hoy. La fecha obliga: 31 de enero, Día Mundial del Traje de Gorila. Hoy serán ustedes los primeros testigos de mi hallazgo. Una colección de fotografías que demuestran, de forma incuestionable que, el Caudillo y dictador de España, Francisco Franco, fue un adepto al movimiento. Según mis pesquisas, el resquemor provocado por su imposibilidad de entrar en la logia masónica le llevó, al cabo de los años, a celebrar, cada año, nuestro amado Día Mundial del Traje de Gorila. Si se trataron de meros desvaríos o de una tenaz convicción, es una dicotomía que, por el momento, desde mi discreto retiro por medidas de precaución, no he conseguido dilucidar aún. Pero, mientras continúo con mi trabajo, contemplen, en primicia, y tras décadas de mutismo absoluto, algunas de las instantáneas que acabarán dando la vuelta al mundo.

haciendo gala de su traje de gorila (31 de enero de 1942)

del Caudillo, ataviados para la ocasión (31 de enero de 1953)

y derruida al poco tiempo y permutada por la gigantesca cruz (1940)
Apostilla: Informarles, que, maese Kuroi ha descubierto hace poco a otro ilustre español que también era afín al DIDTDG, el santo padre Escrivá de Balaguer. Pasen por aquí para contemplar las instantáneas.



