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domingo, junio 05, 2011
11:32 p. m.

(Posible) solución para los problemas de la sanidad pública (o no)

rubricado por Higronauta

Caso 1

Levántome un sábado cualquiera a primera hora, dispuesto a recoger un paquete en la oficia de Correos ante el aviso correspondiente en el buzón de la mansión higronáutica. Me presento diez minutos antes de la obertura de puertas, enclaustrado en mi caparazón de misantropía disfrazado de auriculares musicales. Ante la puerta, un grupo de personas no inferior a diez dispersados por los alrededores no muy lejanos de la puerta de entrada. Espero paciente ensimismado en mi mundo. Un individuo recién llegado se acerca. Pregunta quién es el último. Desconecto de mi mismidad (auricular izquierdo fuera). La gente me señala. Dudeo. Parece ser que soy el último de una cola amorfa y tácita en la cual me veo imbuido por recriminaciones varias. Contemplo en una mezcolanza de instigación y seudocabreo a los allegados. Gente mayor de sesenta que participan de un ritual que a un servidor le parece anacrónico y demasiado conformista para los tiempos que corren. Espero (y desespero). Las puertas del servicio postal se abren, y, como ovejas al redil, vamos pasando uno a uno por esa máquina expendedora de números que nos reiterará una cardinalidad que estaba estipulada previamente: soy el penúltimo de la cola. Aún así, un número estampado en un papel me lo recuerda.

Caso 2

Madrugón al canto para acompañar a doña Higronauta al servicio de analíticas de su población de orígen. Llegamos, igual que en el caso anterior, con diez minutos de antelación. Y se produce el mismo proceso de ordenamiento preestablecido por un patrón que si bien nadie sabe por qué se da, es irrevocable e inevitable. Se abren las puertas del ambulatorio y se da pie a la misma procesión que en la oficina de correos, pero, esta vez, hacia el mostrador de las extracciones, donde un amable señor recoge papeles oficiales médicos e indica dónde dirigirse para ser desangrado. Contemplo al grupúsculo que nos antecede: gente mayor de sesenta y cinco. Y, tras dos ocasiones, y, en pleno estado de lucidez soporífera veo LA LUZ.


La Luz

Una ecuación de proporciones eléctricas recorre mis neuronas a la velocidad de la luz, y todos los problemas de la Sanidad Pública parecen tornase una memez ante la solución que mi cerebro en estado comatoso (recordemos que habíame levantado a horas intempestivas a lo que hay que sumar pocas horas de sueño previas). Mi mente divaga y a la cabeza me viene la idea de la Europa de las dos velocidades que con tanto ahínco nos vienen vendiendo los países de primer orden de ésta, nuestra Comunidad, donde, queramos o no queramos, siempre somos (y seremos) vagón de cola de un tren que tiende, sí o sí, hacia una vía muerta aún por descubrir. Es en ese instante cuando el Pensamiento se concatena y diversifica llegando a LA SOLUCIÓN.

La (posible) Solución

Mi mente extrapola las dos Europas a la Sanidad Pública: una sanidad para los individuos mayores de 65 y una para el resto de la población, independientemente del género, etnia o condición social. Que así dicho, a bote pronto, puede llegar a sonar como un barbarismo generacionalista y marginador. Nada más lejos de la realidad: si partimos de esta premisa, ambos dos colectivos gozarán de una calidad sanitaria mucho más acorde a sus necesidades y, por ende, mucho más adecuada y prágmatica.

Imagínense un centro de atención primaria planteado, edificado y diseñado para gente viejuna (concepto totalmente cariñoso, pese al componente desdeñoso inherente): salas de espera acondicionadas para las charlas y las longuas esperas, con butacones orejeros, mesas camillas y televisiones difundiendo veinticuatro horas diarias de Saber vivir y otros programas colindantes. Espacios de ocio adecuados a los comportamientos asociados: pistas de petanca internas, juegos de mesa (dominó y cartas, no más). Vamos, algo así como un asilo (ahora les han venido a llamar residencias y otros eufemismos de caerse la cara de vergüenza) pero público, cual ágora setentetera u ochentera, dónde, a parte de relacionarse y pasar el rato/mañana/tarde/día, uno pudiera hacer uso de esa sanidada tan vejada y sobresaturada por visitas, las más de las veces, innecesarias.

Reflexionen por otro lado en el ambulatorio sin la presencia de estos Ciudadanos. Tiempos de espera ínfimos, y una mayor atención por parte del personal médico. Besar y llegar el santo. O, como se afirmaba en tiempos añejos "tan corto como la visita del médico". Imaginen...

Cerrando

Ahora denosten lo que quieran, ataquen con tesón y verborreen sin dar tregua, que, quizás, el pensamiento peque de naïf y un servidor no se halla planteado TODAS las consecuencias posibles. Eso sí, el que esto escribe está dispuesto a convivir en los dos planos, ora uno ora otro, dependiendo de la edad en la que se halle. Porque no sólo de crítica destructiva vive don Higronauta, poco más tengo que añadir. Sólo que espero que algún ente ministerial caiga, en uno de esos desmanes involuntarios en esta página y consiga, aunque sea por una vez y de manera irreal, una posible solución al problema que se ha convertido sí o sí, en trending topic de la temporada. O sea.

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