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sábado, diciembre 03, 2011
2:21 a. m.

FJP

rubricado por Higronauta

Francisco Javier Pérez
es un demiurgo que, tras desencantarse con la realidad que le circundaba, un día decidió crear universos alternativos donde evadirse/desplazarse a los cuales, en un acto de bonhomía, algo egocéntrica, pero a su vez altruista, invitó a cualquiera que quisiera visitarlos.

Como escritor, se salta toda composición formal preestablecida y, conforma una realidad a su antojo, dónde las reglas del juego son sólidas y racionales a la par que únicas y aventuradas.

En sú última obra, sin ir más lejos, Orígenes del Lodo, se nos presentan una serie de elementos que si bien en el marco del TODO resultan aplastantamente lógicas y útiles, si las desmembraramos una a una nos reportarían un estado harto cercano a la locura. Personajes que se alimentan de lodo, clones enamoradizos, sexualidad hermafrodita, cucarachas omnipresentes, rebelión (emocional/física) contra el sistema establecido... Una cosmogonía que a la que el lector más atrevido se le concede penetrar y que comporta unos níveles de desasosiego harto elevados a la par que un placer pervertido hasta cotas inexploradas.



Y es que don Pérez, es un claro exponente de la taumaturgia sadomasoquista literaria. Su prosa está plagada de una riqueza de términos y conceptos y una combinación de lenguajes poco habituales en la literatura actual nada fáciles de aprehender para un lector poco-nada avezado al (mínimo) esfuerzo. Su lectura comporta a su vez una asimilación del concepto de tabula rasa: para llegar a adentrarse en la cosmogonía del Autor, hay que tener un cierto nível de capacidad abstractiva a la par que ser capaz de reducir toda experiencia con lo real a un valor cercano a cero. Porque, desde la primera línea de cualquiera de sus obras, hemos de dejarnos llevar por las Leyes del Hacedor, y aceptarlas tal como nos vienen (pre)establecidas. Nos encontraremos así perdidos en un mundo del cual desconocemos las leyes, y que iremos descubriendo, disfrutando (algo culpablemente) y sufriendo (algo placenteramente) a medida que nos vayan dejando. Sufrir y gozar, todo en uno. Una oferta que, aunque pueda provocar cierto rechazo desde un punto de vista común, si el leyente es capaz de realizar el esfuerzo obligado que se le exige como peaje de paso, a buen seguro no se arrepentirá lo más mínimo y comportará una experiencia, como poco, diferente a la que nos han acostumbrado en cuanto a concepto narrativo se refiere.

Leer a Francisco Javier Pérez duele. Pero sulivella como pocos. Y eso se agradece. Muy mucho. O sea.



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